Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







sábado, 29 de mayo de 2010

Morea V


Esperé alrededor de una hora y media a que el autocar partiera. No podía comprar un billete directo a Olimpia. Debía comprarlo hacia Trípoli, la capital arcadia y una vez allí comprar otro a mi destino. Tomé asiento y ajusté el aire acondicionado. Me sentía bien en aquel autocar con pocos pasajeros. Atravesamos más campos de olivos y comenzamos la ascensión que nos llevaría a la Meseta de la Arkadia. Mientras la carretera se tornaba más sinuosa y ganaba pendiente, eché la vista atrás. Allá quedaba la Laconia, sus campos, Esparta y el Macizo del Taiguetos, imponente, como eterna muralla y guardián de aquella tierra. Al terminar el ascenso. Nos hallamos discurriendo en un mar de verdes colinas. Viéndolas pasar, me quedé dormido. De repente, me despertó la voz del conductor gritándome “Trípoli here!”. Salí del autocar, saqué mis bártulos. Pero, allí no había estación alguna. Según nos dijeron, la estación a la que debíamos ir quedaba a más de dos kilómetros de aquella parada. No entendí por qué aquella línea no llegaba hasta la ella, aunque luego su ruta la desviara hacia otro lugar. Tampoco era el momento de cuestionarlo. De hecho, ya había un par de taxis esperando. Uno salió y el conductor del otro se dirigió a mí, animándome a subir. Yo dudé, no quería pagar un taxi, pensaba que quizás podría ir yo mismo andando. Él se echó a reír, estaba demasiado lejos. Subí, junto a tres o cuatro personas más. Al llegar a la estación cada uno le dio un par de euros al conductor. Debía esperar otras cuatro horas para coger el autocar a Olimpia. Comí algo en el bar de la estación. Apenas había asientos y sí muchos autocares con el motor encendido que parecían no salir nunca. Salí de la estación. Desde la cierta distancia en la que ésta se hallaba, Trípoli parecía tan sólo una pequeño enclave provinciano, sin mayor atractivo. Me sentía cansado. Consulté la guía y ésta no me animó demasiado a recorrer los dos kilómetros hasta ella. Lo mejor sería buscar algún sitio cercano, algo apartado, en el que esperar y descansar. Alrededor de la estación, tan sólo había solares sin un uso definido. Al final de uno de ellos, junto al muro que lo separaba de la vía férrea, se alzaba una solitaria encina. Su sombra me pareció el único lugar en el que podría relajarme. Bajé un pequeño terraplén, atravesé unos metros de campos arados y llegué bajo el árbol. Apoyé la mochila en su tronco. Saqué mi toalla y sobre ella me estiré. Respiré profunda y suavemente. En el cielo, los cúmulos resbalan en el azul. Saqué el libro de Kazantzakis. Leí algunas páginas. Pero estaba demasiado cansado para concentrarme en ellas. Lo dejé en el suelo. Junté mis manos sobre el ombligo. Volví a respirar. Miré de nuevo al cielo y me dormí. Al cabo, me desperté súbitamente. Había dormido tres horas. Aún quedaba una de espera. Me sentía mucho mejor. Mi cuerpo se había relajado. Me incorporé e hice algunos estiramientos para espabilarme. Cogí de nuevo el libro y esta vez sí, leí un rato antes de volver a la estación.









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