Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







sábado, 29 de mayo de 2010

Morea IV



A pesar de lo inútil del vayado, un cartel indicaba claramente la prohibición de entrar. Sin embargo, Martin entró y se puso a mirar las piedras. Yo dudé, pero la verdad es que también tenía ganas de ver aquellas inscripciones de más cerca. En mitad del recinto había la piedra grande y cilíndrica, podía parecer un fragmento de alguna columna dórica.

Medía alrededor de medio metro de altura y un metro de diámetro. En los laterales y en la cabecera habían inscritos algunos caracteres poco visibles. En ese preciso instante, mientras ambos la contemplábamos, Martin me dijo. “Tú sabes que la sociedad espartana antigua era una sociedad muy militarizada. Sabes que a los jóvenes se les sometía a una educación muy severa y se les entrenaba para que soportaran el dolor”. Asentí. “Pues yo quiero sentirme como uno de aquellos antiguos espartanos. Quiero tener mi rito de iniciación en el dolor. Coge una rama y pégame en el culo”. Sin darme tiempo a pensar en lo que me estaba diciendo, se bajó los pantalones y los calzoncillos, se echó sobre la piedra y me dijo; “venga pégame”. Le aseguré que no iba a pegarle. Pero, sin inmutarse, insistió. Yo no sé si por lo surrealista de la situación, por lo esperpéntico de la misma o porque ambos estábamos igual de locos, la cuestión es que cogí una rama y comencé a atizarle. El culo se le empezó a poner rojo. Le dije que paraba, que ya había suficiente. “No tú sigue, que a mi me mola. Pégame más fuerte. Me siento un auténtico espartano” y comenzó a reír. Seguí un poco más cuando, un ruido me hizo alzar la vista. En ese preciso momento cruzaba por delante de nosotros un granjero en su tractor. Entendí perfectamente lo que se le pasaba por la cabeza mientras nos chillaba, aunque no entendiera una palabra de lo que estaba diciendo. Sin embargo Martin, tranquilamente, se levantó, se subió la ropa y salimos corriendo de allí. El granjero continuó su camino, girado, insultándonos. En ese momento estallamos a reír.

Después de aquello volvimos al centro. Allí hablamos de lo que queríamos hacer. Martin tenía ganas de visitar la ciudad medieval de Mystras.    Propuso que fuéramos juntos. Me hizo gracia su propuesta. Llevaba conmigo un ejemplar de Carta al Greco, la autobiografía de Nikos kazantzakis, en uno de sus capítulos habla precisamente de la visita que hace a esta ciudad monasterio, junto a un amigo, en uno de sus peregrinajes de juventud. Sin embargo, a mí no me apetecía ir allí. Yo quería ir a Olimpia. No me apetecía ver una ciudad cristiana. Deseaba visitar la Arkadia y llegar a la patria de los Juegos. “Con la buena pareja que hacemos” dijo riéndose. Sí, le contesté, parece que nos compenetramos bien. Y los dos reímos. “Bueno, entonces, que te vaya bien”. Me dio su correo electrónico. Yo le di el mío. Hughes, le pregunté, no parece un apellido alemán. “Mi padre es inglés, mi madre alemana”. Ya decía yo que tu cara me recordaba a la de John Lennon. “Ya me lo han dicho otras veces”, me contestó sonriendo. Nos separamos con un abrazo, deseándonos suerte. Él subió la calle en busca de la parada de autobús que le llevara a Mystras y yo, bajé de camino a la estación de autocares.


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