Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







miércoles, 17 de marzo de 2010

The Moon Palace





Yo nunca había oído hablar de aquel libro, ni siquiera conocía a aquel escritor. Tan sólo paseaba entre los estantes de una librería, en la sección de bolsillo, cuando di con él. Me gustó la ilustración de su portada, una gran luna coronando la fachada de un viejo teatro a medio derruir. En ese momento, no supe por qué me gustaba, ni siquiera lo pensé. Se titulaba, El Palacio de La Luna.

Los libros vienen a ti. No importa que los busques o que no. Los que tienen aparecer, simplemente aparecen. Cada libro tiene su momento, porque cada libro responde a un momento de tu vida, con el que se comunica. Como si esperara entre las sombras, listo para saltar entre tus manos. Los libros que tienes que leer no los escoges, ellos te encuentran. Es sólo cuestión de tiempo.

Recuerdo aquella época como un constante vagar por las calles, en busca de una realidad que no estaba allí. Recuerdo los libros, como los espacios en los que experimentar realidades no vividas, pero deseadas. En los que expandir los límites de una conciencia confusa y extraña, pero que anhelaba ir más allá de sí misma. Sin duda, las lecturas, son los recuerdos de satisfacción más duradera de aquellos años. Tal vez, ahora, afirmarlo resulte vago, casi ridículo. Pero, sin duda, así fue. Sólo en los libros, creía hallar el espacio para confiar en las capacidades de mi propia mente, en los pensamientos, como vía para construir la realidad de un mundo, que a duras penas entendía. Y compartirlo. Aún como un espectador que contempla una obra desde la oscuridad, leer era como conversar con alguien que estaba en tu mismo barco. Leer era como liberar la mente de las limitaciones, propias y ajenas, y hacerla más lúcida, más clara, más segura, más confiada, más feliz. Leer era vivir mejor, era ser mejor.

Afortunadamente todo aquello pasó. Muchas de aquellas lecturas desesperadas, los títulos y las palabras de la mayoría, quedaron en el olvido. Simplemente tuvieron su momento, y no volverán. Sin embargo, las vivencias de algunas me han seguido acompañando. Como hitos secretos del aprendizaje y la experiencia. Ése es el caso del Palacio de La Luna. La historia de Marco Fogg. Su testimonio, cual hito de superación frente a los avatares de la propia iniciación, generó un influjo mágico en mí. Como si a través de las peripecias que lo arrastraban más allá de sus limitaciones, parecieran poder ser exorcizadas mis propias carencias, mis propios temores, mis propias dudas, mis propios miedos, mi propia vida. Su aventura fue la mía. Su victoria fue la mía. Mía fue su redención.

La vida no es tan fácil. Por mayor talento que tenga un escritor. Por mayor verdad que contengan sus palabras. La vida vivida fuera de los libros, siempre será más difícil, más compleja, más ambigua. Sin embargo, desde entonces yo no puedo dejar de considerar las palabras de Paul Auster, como las palabras de un viejo amigo. De un viejo amigo con el que, de vez en cuando me gusta volver a conversar. Y del que sé, que a pesar de la distancia y el paso del tiempo, siempre puedo acudir para explicarle mis cosas y escuchar sus historias.

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