Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







martes, 5 de enero de 2010

La Luna de Tarfaya





De la celosía de un falso techo blanco cuelga una bombilla desnuda. Desde la planta baja resuena la voz de una niña. Alrededor de la cama las moscas originan un ligero alboroto. Tras la ventana, en un terraguero de arena y piedras, un solar a medio construir. Más allá se extiende el muro de cemento, que separa la última línea de casas, polvorientas como la calle sin asfaltar que los recorre, del puerto y de la playa.
El día ha amanecido nublado y gris. Seguramente, las altas nubes concedan claros al azul del cielo, mientras el sol ascienda.

En la playa, se alza un viejo edificio de piedra negra. Sitiado por la marea alta.

Cuando ésta baja, es posible acercarse a sus paredes enmohecidas, rotas por el empuje de las olas. A la placa oxidada, en la que en Inglés se pude leer Compañía del África Noroocidental. 1882. Director Donald McKenzie. A las vigas casi desnudas, últimos recuerdos del derruido techo de sus dos plantas, que ahora sólo guardan los restos del abandono. Alrededor de la pequeña fortaleza, en las charcas repletas de caracoles y lapas, algunas garcetas dan cuenta de los alevines atrapados por la bajamar. A lo largo de la línea del agua, se eleva una colonia de gaviotas, batiendo sus alas al unísono.


Vagamos por estas tierras del Sáhara Occidental de yerma apariencia. En las que hace más de treinta años, mi padre cumplió con el servicio militar. Tierras en las que la mediocre huida, cobarde e irresponsable, de una colonización frustrada dio paso a otra colonización. Y a un conflicto postergado que las antiguas potencias europeas quieren olvidar, interesadas en participar de la explotación de los recursos marinos y minerales. Un conflicto del que, a pesar de conocer su existencia, apenas percibimos algunas señales. Señales, como la presencia dominante de gente del norte, afines al poder marroquí, en la vida económica. En los comercios y hospedajes. Como éste en el que nos encontramos, regido, según él mismo nos cuenta desde hace algo más de un año, por un joven de Tetuán llamada Dris. De hecho, los pequeños apartamentos no tienen todavía luz en todas sus habitaciones, ni gas en los fogones de sus cocinas. Tal vez por eso, Dris accediera a negociar el precio, la tarde en la que desde Layouune llegamos, para pasar, en Tarfaya, la última noche del año.


El estruendo de un motor ahoga el eco de las voces, en la pequeña sala de salidas del aeropuerto de Layouune. Poco a poco, los escasos asientos van siendo ocupados por los pasajeros, que volarán con nosotros hasta Gran Canaria. Ha sido un corto viaje, casi una escapada. Pero ha estado bien. Hemos puesto a prueba nuestra capacidad de compartir situaciones. Y, pese algún escarceo de tensión, se podría decir que el resultado ha sido satisfactorio. Siempre habrá cosas que mejorar, pero es un buen comienzo.
No es fácil compartir un viaje. Son jornadas que deben reactivar la capacidad de actuar frente a la sorpresa, frente a la ilusión de los pequeños descubrimientos, la adaptación a situaciones alejadas de la rutina. Y nos fácil dar rienda suelta a estas dinámicas junto a la persona que convives. Es todo un reto, sacudirse juntos las presiones del día a día y disfrutar de la inmersión repentina en realidades desconocidas. Y a la vez, es todo un desahogo. Un soplo de aire fresco poderlo hacer.
Cuando el viaje toca a su fin, cercano ya el vuelo que nos devuelva a la lucha cotidiana, parece manifestarse el valor del tiempo tomado en vagar por el mundo. Un valor, tan sólo cuantificable por la armonía recobrada en los rostros. Por la luz reflejada en las miradas.

En el pequeño hotel de Layouune, la terraza da al callejón trasero. Asomarse a él es contemplar fragmentos de una vida, tan parecida y tan diferente a la nuestra.
Las pobreza hace más evidentes los efectos del tiempo. En la oxidación de varandas que no se pintan. En maderas quebradas por el uso continuado. En colores desgastados, de paredes polvorientas. En cierres de puertas chirriantes. En olor a mala combustión de motor. En la presencia constantes de moscas, por el calor y la basura mal recogida. En todas aquellas carencias, que por cotidianas acaban por no suponer un impedimento para el desarrollo de la vida, sino el escenario mismo de ésta.
Y que de hecho, para nosotros, señalan el reto de recordar la vida en un orden distinto. En el que la abundancia no es la regla, ni necesariamente la promesa futura. En el que se percibe, de forma más vívida, la inutilidad de la histeria, de la ilusoria fe en la salvación espiritual, a través del inexpugnable refugio del exedente. Y donde a la vez, empezamos a entender por qué necesitamos vestir nuestra desnudez, frente al viento de la existencia. La necesidad, compartida con nuestros semejantes. La fuerza que nos empuja a anhelar (y de una forma u otra, más acertada o menos buscar) una vida mejor, más estable, más plena, más satisfactoria.

El placer vespertino  de  notre petit déjeneur, servido a la manera discreta y eficiente de Karim, en el café. El gozo sutil, ligera y secretamente avergonzado, de comparar su precio con el que pagaríais en casa. Dejaros timar por Mohamed en su bijouterie, sin renunciar a un mínimo orgullo en el regateo. Sabiendo que aquí, vuestro escaso presupuesto, permite el margen de algún pequeño gasto superfluo. Comprar lo que ellos compran, comer lo que ellos comen. Andar a la manera que ellos andan. Estar a la manera que en ellos ves. Mezclarte con la vida de la calle, sin llamar demasiado la atención, sin convertirte en una figura demasiado disonante. Sin provocar un cambio excesivo, en la dinámica de las cosas. Y sentirte aliviado, al ver la notable indiferencia de la gente. Queriendo sentirte uno más, aunque no lo puedas ser del todo. Aunque no puedas dejar de asumir de tu rol de extraño. Sólo así empiezas a sentirte aliviado, cómodo. Sólo así puedes empezar a disfrutar. Paseando por la avenue Smara. Mientras la luz se sumerge en el ocaso, envuelta por el rumor del tráfico y las voces.

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