Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







domingo, 6 de diciembre de 2009

La Princesa Alibú III

...Sin embargo, nuestro vínculo no se tejió tan sólo de vino y rosas, es más la sangre que brotaba de las heridas bajo las espinas, dotaron a nuestra relación de una extraña profundidad. Digo extraña, porque me es imposible rechazar la impresión de que vínculos como el nuestro no son frecuentes, es más, creo que son las excepciones en la tónica general de las relaciones. Subrayo esto sin ningún tipo de idealización. Nuestra pareja no fue un remanso de paz, ni un pasto alpino veraniego, lo nuestro fueron cerros que alzándose bravíos frente al viento alzaban sus manos al cielo hasta atrapar la luz. Fuimos seres de luz. Una luz que alimentó nuestros espíritus y que aún ilumina lo que ven mis ojos. Una luz que nos hizo atravesar las máscaras del tiempo y nos llevó a un plano en el que podíamos ver lo que pasaba en el mundo e interaccionar con nuestros sentimientos en un ámbito de extraña armonía.
A pesar de nuestras discusiones, tan banales como cualquier otra, cuando las aguas volvían a su cauce solían dejar un reguero nuevo por el que se dibujaba el camino a seguir. Siempre acabábamos por hallar la respuesta a los desafíos y contradicciones de nuestra vida. Por qué, entonces, no lo hallamos para aquel que al fin puso a fin a nuestro tesoro. No tengo una respuesta resuelta para eso. Las vivencias explicadas siempre resultan carentes de la sutileza, de la amplitud de la acción de la vida que tiene lugar, por lo que es imposible atrapar su verdadero significado, tan sólo podemos pretender apuntar en la dirección adecuada. La vida es un misterio. La distancia entre la verdad y nosotros es, a veces, tan abismal que nos sitúa en un plano de incapacidad total para afrontarla. Del mismo modo, a veces, la corriente nos arrastra a lugares tan llenos de luz que incluso, nuestra pequeña alma confusa, consigue ver en las sombras. Aunque sea sólo por un instante, éste puede ser tan claro, tan conciso y bello que cambie nuestra consciencia de las cosas, que nos obligue a mirar con honestidad en nosotros mismos y nos impida seguir obviando lo que realmente somos. Más ahora, siendo ya tan mayor, tan lejos de aquellos días me pregunto si mi Princesa Alibú me recordará. Si recordará los paseos frente al Mar de Libia, junto a los riscos de piedra entre los que siempre habitará el eco de nuestras voces. De mi pecho, bajo esta camisa arrugada, saco el ídolo de plata que un día me regaló y que nunca ha dejado de acompañarme. Sé que mi muerte está ya cercana y no puedo más que confesar, en un alo de tierna nostalgia, que su rostro es el más vivo, de entre aquellos que habitan mi memoria y su nombre, palpita con voz clara en mis más bellos sueños.

Al fin, una de las enfermeras lo encuentra. Qué hace usted en el despacho de la Directora, vamos señor Jerónimo, no vaya a ser que se entere y le deje sin cena, le dice al viejo con un guiño. Esta noche le han preparado la sopa de pescado que tanto le gusta seguro que doña...
La silueta del viejo y la enfermera se pierden entre las sombras del final del pasillo y las escaleras. Fuera, las farolas visten de ocre la noche cómplice.

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