Mientras un cernícalo bate sus alas, tras las colinas, apenas convertidas en sombras, el sol se desliza, tiñendo los campos de un dorado virginal. En un instante el día se va, sin más. Sin percatarse de los ojos que lo miran, pregúntadose, acaso, por qué la vida no puede ser como este momento. En el que la danza frenética de las golondrinas parece relajarse, en un guiño. O tal vez sí lo sea, tal vez la respuesta esté más allá de las sombras y las colinas, más allá de los campos dorados y el sol del atardecer, muy lejos, en mitad del desierto, perdida en la noche estrellada, surcando la inmensidad.

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