Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







domingo, 15 de noviembre de 2009

La Taberna de Manos V

...Sin saber que se convertiría en costumbre, una mañana acompañé a Manos y a su cuñado Leonidas a la granja. “Mañana mataremos dos corderos, ¿te atreves?” Me había advertido la noche anterior. Quedamos a las ocho en la terraza de su taberna. Tras un café, subimos en su coche a la aldea vieja. Tras una puerta metálica, atravesamos la propiedad de otro vecino hasta llegar a la de Manos. Observé qué hacían Manos y Leonidas, intentando no serles una molestia. Empezaron repartiendo las sobras que habíamos traído para los cerdos y los perros. Después, en una caseta, Manos y yo preparamos el grano para las ovejas, mientras Leonidas cortaba las hojas para las cabras. En un pequeño cercado Manos señaló dos corderitos y me dijo, “Esos dos son los que vas a matar”. Entramos en el cercado y sacamos los animales, excepto los dos elegidos. “Tienen casi ocho meses, hay que matarlos sino la carne se pondrá demasiado dura”. Miré a aquellos animales pastar, ajenos a lo que les esperaba. No quise caer en sentimentalismos, para no incomodar a mis anfitriones. Enseguida llegó el momento. Cada uno de los hombres cogió un animal. Los llevaron bajo un árbol. De él colgaban dos afiladas navajas. Todo fue muy rápido. Los animales no presentaron resistencia, dócilmente se dejaron estirar sobre la hierba. Apenas dos certeros cortes en el cuello y todo acabó. Manos dejó los dos cuerpos a su lado y encendió un cigarro, con los dedos cubiertos de sangre. Leonidas hizo lo propio y me ofreció. “Va bien después de esto” me dijo con un guiño cómplice. Lo que más me impresiona es verlos temblar. “Están muertos, sólo son impulsos nerviosos. Enseguida acabará”. Cogí una manguera y me puse a regar una parte del huerto. ¿Está bien así? “Sí, sí, toda esta parte”. Tenéis mucha agua disponible, es una suerte. “Y gratis. Habrás visto las tuberías que hay en el cauce”. Cuando los impulsos nerviosos cesaron, cogió un cordero y tras quebrarle una pata, lo colgó y le rajó un trozo de piel. Soplando despellejó fácilmente al animal. Luego lo abrió y extrajo todas las vísceras. “Del cordero lo aprovechamos prácticamente todo”. Sacó y limpió los estómagos, los intestinos y lo metimos todo en una bolsa de basura.
En la granja me hice amigo de una perrita. El animal estaba en una jaula metálica de apenas un metro y medio. Yo no entendía por qué pero tampoco sabía si preguntar, aquellas personas estaban siendo muy amables conmigo y no quería que se sintieran cuestionadas en su propia casa. No obstante, un día se lo pregunté a Manos. “La tenemos para guardar unos huevos. Aquí en Creta hay un pequeño animal que parece una rata, se come los huevos. Por eso tenemos la perra, para asustarlo”. Comprendía el carácter funcional que se les da a los perros en el campo, por eso se domesticaron. No obstante, cada vez que veía aquella perrita mover la cola desesperada, queriendo salir de la jaula y, al ver que era imposible, sacar la cabeza para que la acariciara, no podía evitar sentir ganas de sacarla de allí. A veces Manos me miraba, yo no sabía si censurándome por dentro. Creo que no. La tarde antes de mi partida volvimos a la granja. Mientras acariciaba a la perrita por última vez, me despedí de ella. Ya habíamos acabado la faena y nos marchábamos, entonces Manos me dijo “Vaya ahora que os habéis hecho amigos te vas, te va a echar de menos”.

A un lado del embarcadero se abre la cala principal de la aldea. Al otro, siguiendo la línea del agua, tras atravesar el cauce seco y un pinar en el se permite la acampada libre, una roca corta la playa. Puede bordearse a nado o subiéndola por la arena. Una tarde coroné la roca por la arena, llevando conmigo las gafas de agua y unas aletas que Manos me había prestado. Estuve buceando un rato. Tras unos días de marejada, aquella tarde cerca del ocaso, el agua estaba tranquila. Como si tras la agitación, disfrutara de un sereno reposo. No tardó en ponerse el sol tras los cerros del oeste y el manto de la oscuridad fue abrazando la bahía.
Salí del agua y me dejé secar, cubierto con la toalla. Enseguida se oscureció. La luna llena reinaba sobre el mar, tiñendo las formas con alo de plata. No sé cuánto tiempo estuve allí sentado sobre la roca mirándola, escuchando el mar. En el pinar, había encendida una hoguera, con las siluetas de algunos cuerpos sentados a su alrededor. Tras de mí, el eco de los cencerros rebelaban la presencia de las cabras, invisibles a los pies de los altos cerros sobre los que brillaban mil estrellas.

La noche anterior a mi partida Manos, Leonidas y yo estuvimos extrayendo miel de los cuadros que aquella tarde el padre de mi amigo había traído de la granja. Yo le iba pasando los cuadros de los paneles y mataba, chafándolas con un paquete de tabaco, las pocas abejas que aún quedaban. “Por eso lo hacemos de noche. Ahora, aisladas y sin puntos de referencia son mucho menos agresivas”. Manos sacaba la parte más densa de la miel con un cuchillo eléctrico a alta temperatura y daba a Leonidas los cuadros para que éste los colocara en el extractor, del que saldría el néctar dorado, filtrado y listo para ser vendido. Pasamos largo rato en aquel porche de hojas de parra junto a mi habitación trabajando juntos, hablando y compartiendo la sensación de camaradería y aprecio mutuo. Leonidas sacó de una bolsa un queso de cabra, lo cortó en rodajas y nos lo ofreció depositándolo sobre una caja. “Esto es lo mejor. Queso de cabra con miel” y lo bañó en el hilo dorado. Manos y yo hicimos lo mismo y los tres nos sentamos sobre unas cajas para comer y descansar un rato. De la taberna, el sobrino de Manos nos trajo agua y se sentó a comer con nosotros. Entre las oscuras hojas de parra brillaba la luna llena. Un coro de grillos competía con el rumor del mar y nuestras conversaciones a media voz. Aquella fue nuestra despedida. Libre de cualquier artificiosidad. Tan sólo unas personas que disfrutaban de sus últimos momentos juntos. Pronto aparecieron los padres de Manos, llevando a la abuela a la cama. Tras acostar a la anciana vinieron a darnos las buenas noches. “Esperad un momento, les dijo Manos, vamos a hacernos una foto con H”.
Ya casi habíamos acabado el trabajo.

“Con la miel que tenemos podemos sacar unos seiscientos euros. No está mal por un rato de trabajo ¿no?” “Ves este tubito que tengo aquí. Es adrenalina. Soy alérgico a la picada de las abejas. Si me picaran tendría que inyectármela clavándome el tubo en la pierna. Sino en quince minutos estaría muerto”. Joder, dije. “Hasta los veintidós años no se presentó la alergia. Iba con mi padre a los panales, me picaban y no pasaba nada. Un día, mientras ayudaba a mi padre me picó una. No le di mayor importancia y seguí trabajando. Enseguida empecé a sentirme mal. De repente me costaba respirar. Me estaba ahogando. Por suerte aquel día el médico estaba en el pueblo. Mi padre me llevó corriendo y me pudieron salvar. Así que ahora no voy a los panales y para hacer esto, ya ves, siempre con el antídoto”.
Poco antes de irnos a dormir, Manos me preguntó “¿estás seguro de que te vas mañana?”. No, le contesté. No estaba seguro de quererme ir nunca.
Lo recogimos todo y nos dimos las buenas noches. “Nos vemos mañana en el desayuno antes de que te vayas”. Apagué la bombilla que habíamos utilizado para trabajar. Subí a la segunda planta del edificio. Las sábanas tendidas centelleban bajo la luz de una luna. Más allá de la silueta de las casas, tan sólo el mar oscuro y sinuoso...

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