
Medía alrededor de medio metro de altura y un metro de diámetro. En los laterales y en la cabecera habían inscritos algunos caracteres poco visibles. En ese preciso instante, mientras ambos la contemplábamos, Martin me dijo. “Tú sabes que la sociedad espartana antigua era una sociedad muy militarizada. Sabes que a los jóvenes se les sometía a una educación muy severa y se les entrenaba para que soportaran el dolor”. Asentí. “Pues yo quiero sentirme como uno de aquellos antiguos espartanos. Quiero tener mi rito de iniciación en el dolor. Coge una rama y pégame en el culo”. Sin darme tiempo a pensar en lo que me estaba diciendo, se bajó los pantalones y los calzoncillos, se echó sobre la piedra y me dijo; “venga pégame”. Le aseguré que no iba a pegarle. Pero, sin inmutarse, insistió. Yo no sé si por lo surrealista de la situación, por lo esperpéntico de la misma o porque ambos estábamos igual de locos, la cuestión es que cogí una rama y comencé a atizarle. El culo se le empezó a poner rojo. Le dije que paraba, que ya había suficiente. “No tú sigue, que a mi me mola. Pégame más fuerte. Me siento un auténtico espartano” y comenzó a reír. Seguí un poco más cuando, un ruido me hizo alzar la vista. En ese preciso momento cruzaba por delante de nosotros un granjero en su tractor. Entendí perfectamente lo que se le pasaba por la cabeza mientras nos chillaba, aunque no entendiera una palabra de lo que estaba diciendo. Sin embargo Martin, tranquilamente, se levantó, se subió la ropa y salimos corriendo de allí. El granjero continuó su camino, girado, insultándonos. En ese momento estallamos a reír.

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