Al sur la de Isla del Olvido, bañada por las cálidas aguas del Mar de Libia. A los pies de las Montañas Blancas. Camuflada entre barrancos y ensenadas, se halla La Sfakia. Un lugar de encuentro para quien vaga...







domingo, 2 de mayo de 2010

Flor de Mayo




A la sombra de la Pedrera, en la esquina entre Provença y Pau Clarís, hay una moderna vinoteca. Ésta ocupa el local en el que, en tiempos, trabajé como el chico de los recados de un viejo colmado. Flor de Mayo se llamaba. Lo regentaban dos hermanas, la Montserrat i l’Angelina. Eran como dos gotas de agua, de diferente manantial. Físicamente no se parecían en nada. Siempre estaban discutiendo. Una, se mostraba desconfiada y fría conmigo, era el poli malo. La otra, parecía más cercana y cálida, ai Montserrat, deixa el nen que treballi tranquil, el poli bueno. Yo sabía que siempre me estaban poniendo a prueba. Dejaban dulces de chocolate olvidados, para ver si los cogía. Me mandaban a organizar las existencias de refrescos en las neveras, luego las veía acercarse, disimuladamente, a ver si faltaba alguno. En un principio, mi trabajo consistía, básicamente, en llevar agua y comida, a oficinas y pisos cercanos. Uno tras otro, apilaba los encargos en mi carrito de reparto, preguntaba dónde debía ir y escuchaba los consejos de Monsterrat, no t’oblidis del canvi, vigila amb la senyora I, ja saps que ni li agrada que… Poco a poco, fui familiarizándome con la clientela habitual. Un oscuro bufete de abogados, en el que me recibía la fría voz de la secretaria, reteniéndome en una sala de espera, en la que nunca coincidí con ningún cliente. Un amplio piso, reconvertido en estudio, para una firma de diseño gráfico. Allí nadie parecía reparar en mi existencia y debía, si no quería pasarme toda la mañana como un objeto invisible del mobiliario, reclamar la atención para que alguien me dijera dónde dejar las cosas y me pagara. Una tienda de ropa femenina, al otro lado del Passeig de Gràcia, con su gran luminoso rojo, casi siempre cubierto por el andamiaje de una fachada, en continua restauración. De entre todas las oficinas, mi favorita siempre fue la de una aseguradora, situada en Mallorca, cerca de la esquina con Bruc. Allí siempre fui bien recibido. No sé muy bien por qué, los empleados me trataban con cariño, saludándome efusivamente cuando entraba. Incluso el jefe, cuando aparecía, solía acercarse a darme los buenos días y a preguntarme por el trabajo. Lo curioso es que, en todo el tiempo que pasé hiendo a aquel lugar, en todas las conversaciones que mantuve con los empleados, e incluso algún cliente, nunca nadie me preguntó por mi nombre. Eso sí, en ningún otro sitio me daban propinas tan generosas.

De vez en cuando, debía ir a locales alejados del circuito habitual, aquellos lugares, a veces resultaban ser oportunidades de salir de la rutina y de conquistar instantes de libertad en la vorágine cotidiana. En uno de aquellos días bajé hasta València, debía atender al reparto en la Fundació Francisco Godia, la cual me era completamente desconocida por aquel entonces. Más tarde averigüé que llevaba poco tiempo abierta al público. Debía entregar un par de cajas con botellas de agua. Recuerdo que las dejé junto al mostrador de la entrada. Mientras el recepcionista firmaba el albarán, miré hacia el interior, en lo que parecía ser una sala de exposiciones. Allí, junto al umbral de la puerta, veía la figura de un cristo en la cruz, de firma inconfundiblemente medieval. Pregunté al recepcionista sobre la exposición y éste, acercándome un folleto, me informó sobre su contenido. Se trataba de una exposición temporal sobre arte románico y gótico. Era temprano. La galería aún tardaría un rato en abrir sus puertas al público. Miré al recepcionista. Le pregunté si me permitía entrar en la exposición. Echar un vistazo gratis. Me miró con un alo de aprensión incómoda, quizás preguntándose cómo era posible que un repartidor de agua se interesara por el arte. Finalmente, me permitió pasar. Anduve, un rato, contemplando en soledad aquella exposición. Con el eco de mis pasos frente a la hierática expresión de aquellos rostros. Al cabo salí a la calle, el sol de la mañana ya se alzaba sobre los edificios, sobre la silueta de los plátanos, junto a la que volaban, raudas, las palomas.

Con el tiempo, la Monterrat i l’Angelina, fueron confiando en mí. Así, se fue ampliando el abanico de mis funciones. Un día, me mandaban a la delegación de Hacienda, en Aragó con Granados, otro me enviaban a ingresar dinero al banco. Aquellas expediciones, a lugares en los que me retenían más tiempo de lo normal, eran la excusa perfecta para que las horas pasaran, y yo me librara de acarrear con el peso de los encargos. A ellas parecía no importarles. De hecho, con el tiempo, la distancia entre encargo y encargo, entre entrega y entrega, era cada vez mayor. Y yo, me pasaba el día estirando los minutos en mandados personales, que poco tenían que ver con las funciones de un repartidor. Un buen día comprendí por qué. Aquella mañana llegué algo apurado de tiempo, como siempre. La Monterrat i l’Angelina, me esperaban, como siempre, en el local. Sin embargo, esta vez fue diferente. No andaban discutiendo, como solían hacer, sobre los precios que deberían corregir en este o en aquel producto. Ni siquiera, quejándose de este o aquel achaque que la edad no perdona. Me sorprendió verlas sentadas, junto al mostrador. Y me sorprendió aún más, que Angelina, sostuviera entre sus brazos al rechoncho gato castrado, que siempre andaba por la tienda, y al que nunca logré acercarme. Ambas me miraron, con una mirada diferente a la normal. Avui no aniràs enlloc noi, Monterrat nunca me llamó por mi nombre. Por qué pregunté. Ambas hermanas me sonrieron. Esta vez, con una sonrisa franca, incluso familiar. Se incorporaron y fueron a buscar unas bolsas. En ellas, había todo un resumen de los productos del colmado. Desde frutos secos a moscatell, de dulces a embutido. Todo aquello que yo había estado llevando de un sitio a otro, me lo entregaban ahora ellas a mí. En aquel momento, me pareció que me habían regalado lo que tenían más a mano, algo de lo que, de todos modos, se iban desprender. Hoy sé que no fue así. Lo que la Montserrat i l’Angelina me estaban haciendo, era regalarme una despedida, en la que me hacían partícipe de una historia que tocaba a su fin. Flor de Mayo iba a cerrar sus puertas. Ellas ya estaban demasiado cansadas, me dijeron, y una franquicia de tiendas de vino, les había hecho una buena oferta por el local. Habían decidido que era hora de retirarse. Eran ya muchos, más de medio siglo, los años que llevaban en aquel local. Nadie iba a continuar en él, sus hijos vivían fuera, tenían sus vidas y no les interesaba encargarse de una vieja tienda, que apenas resultaba rentable frente a las grandes cadenas de supermercados. No tenía sentido continuar en ella, ellas ya tenían lo suficiente como para vivir en su retiro, así que era el momento de plegar ales.

Fui el único testigo del final del Flor de Mayor. El único que las vio bajar la persiana por última vez y, por última vez, echar la llave en la cerradura. Ahora sé que viví un minúsculo instante de la historia de Barcelona, de las vidas de aquellos que fueron Barcelona y que entonces, daban paso a otros, a otra ciudad. Un minúsculo detalle del cambio de los tiempos. La Monterrat y l’Angelina lo sabían, y su regalo fue el hacerme parte de aquel momento, testigo privilegiado del hilo secreto de la vida.

sábado, 1 de mayo de 2010

Amigo para Siempre


Hace algunos días, los medios se hacían eco de la ceremonia civil que, en honor de Juan Antonio Samaranch, tenía lugar en el Palau de la Generalitat, tras su muerte. En los diversos cortes que se nos ofrecían, destacaban las muestras de afecto por la labor y la personalidad del ex presidente del Comité Olímpico Internacional. Entre ellos, el de su hija, que nos hablaba sobre una de las canciones que habían sonado en la ceremonia. Amigos para siempre, la favorita, según nos decía, de su padre.
Dejando a un lado el discutible atractivo musical de la pieza, no deja de ser curioso que esta canción sea la elegida por el sr. Samaranch, para ser recordado. Que la sitúe, no ya como una canción que le gusta sino, lo que resulta difícil de creer, como su favorita. Debe haber algo más, entorno a esta canción, que le haga apreciarla tanto. Todos recordamos como Amigos para siempre fue el himno de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y éstos, el gran hito de la historia olímpica de Samaranch. La consumación del gran reconocimiento internacional para hombre que recogió el testigo de un Movimiento Olímpico, agonizante tras los Juegos de Mocú '80, y lo convirtió en la institución fuerte e influyente que hoy es. De aquél que consiguió superar el rechazo de las élites deportivas anglosajonas y llevó los Juegos a su ciudad. De él que, instaurado ya en el panteón de los aurigas sagrados del olimpismo, hiciera uso de su gran influencia para casi conseguir que Madrid albergara los Juegos que, finalmente, se llevaría Río.
Sin embargo, esta explicación no satisface toda nuestra curiosidad sobre la relación de Samaranch con Amigos para siempre. Tal vez la respuesta la encontremos viajando atrás en el tiempo. 1975, muerto Franco, Juan Antonio Samaranch, presidente de la Diputación Provincial de Barcelona, concede una entrevista a RNE. En ella, alaba las virtudes del Régimen como garante de la prosperidad.


1977, Samaranch es abucheado en la Plaça Sant Jordi por una multitud de ciudadanos que gritan que se vaya. Tiene que ser escoltado por varios guardias de seguridad. Muerto Franco y, con las aguas confusas de una transición en ciernes, Samaranch es destinado, como embajador, a la URSS y Mongolia. Desde el Este, granjearía la red de apoyos necesarios para, en 1980, ser nombrado presidente del COI, del que formaba parte desde 1966. Desvinculado, de manera directa, de la política española. Samaranch se dedicará en los años posteriores a granjearse las amistades necesarias, para ser renombrado en el cargo en 1989, 1993 y 1997, hasta su cese, en 2000. Durante todo ese tiempo, Samaranch pudo tejer una inmensa red de influencias, basadas en la solidez financiera (sustentada por patrocinadores y televisiones) de un COI, del que era máximo exponente. Y principal acreedor de unos fondos, en contaste ascenso, que le permitirían mantener el control sobre las decisiones del comite y sus miembros. El éxito de los Juego de Barcelona 92, suponen para Samaranch el reconocimiento internacional definitivo a su gestión del COI. Pero, bajo los fastos de la gran fiesta deportiva y mediática, los Juegos representan un éxito aún mayor para Samaranch. El reconocimiento de una sociedad, que hace borrón y cuenta nueva, premiándole con la absolución total de su pasado. Reconciliándose ambos, Cataluña y él, como Amigos para siempre.
Ése es el gran éxito de Samaranch. Y ése es, quizás, el gran fracaso de una sociedad que cree que para afrontar su presente, para construir su futuro, lo mejor que puede hacer es finjir olvidar, anestesiar su pasado. Desde el observatorio crítico de medios de comunicaciones, Media.cat, el informe "Els mitjans catalans justifiquen la militància franquista de Samaranch", revela que de los 123 artículos publicados sobre la muerte del expresidente olímpico, sólo 39 hacen alguna referencia a su pasado franquista. Dicho informe, afirma que, tanto los medio escritos como TV3, han silenciado los escándalos de corrupción en su etapa al frente del COI. El informe, afirma que el trato de la figura de Samaranch ha sido totalmente acrítico y acusa a los medios práctica irresponsable. Y denuncia que "la mort de Samaranch ha estat per als grans mitjans de comunicació un exercici col·lectiu de desmemòria, i en alguns casos, de manipulació directa de la història". Evidenciando el poco espíritu crítico y seguidismo de las líneas marcadas por el poder político y económico.






La Ciudad de los Prodigios

Los primeros cortos de Almodóvar se estrenaban en Barcelona. Alaska y quienes luego serían cabeza visible del despertar cultural madrileño, con la Movida, iban a Las Ramblas y al Barrio Gótico a empaparse del arte underground de Ocaña y Nazario. Adolescentes, abrazaban las corrientes punk y rocker, filtrada a través de los discos piratas. De la mano de Gay Mercader, los grandes de la psicodelia daban rienda suelta a los sueños enteogénicos y transpersonales, de la música progresiva laietana. El crecimiento del extrarradio y sus carencias, las reivindicaciones sindicales, las organizaciones, las asambleas asaltadas por grises a caballo. La Nova Cançò de Setse Jutges, el Nou Teatre de Joglars y Comediants. Toda una pléyade escritores, de García Márquez a Ana Mª Moix, de Gimferrer a Gil de Biedma, se daban cita en la ciudad más importante de las letras latinas. Barcelona atrajo a todo el mundo. En busca de algo mejor, de una oportunidad, de una libertad impensable en otros lugares.

En la Barcelona de los setenta, volvían a hervir movimientos libertarios, de los que ésta siempre fue cuna. Qué fue del legado de aquella generación, que bajo la sombra negra de un régimen que, por fin, parecía extinguirse, corría tras las cortinas, en busca de un nuevo amanecer. Barcelona parecía albergar la posibilidad, reprimida y postergada, de una sociedad distinta.



Por qué entonces, nos cuesta tanto organizar la información sobre aquellos días. Por qué nos resulta tan difícial hacernos una idea clara, de cómo fueron y de por qué, la historia, nuestra historia, parece haber construido una explicación demasiado lineal, una noción sospechosamente edulcorada. Para aquellos que no disponemos de un conocimiento directo y que debemos, buscando entre los retazos sueltos del lienzo, reconstruir el cuadro.







martes, 20 de abril de 2010

SOUL



De entre el grupo de amigos de la infancia, el más “americano”, al que más le gustaba comer hamburguesas, quien más cómodo andaba con la gorra al revés, el que mejor jugaba al baloncesto, era el Pareja. Pues así lo llamábamos por su apellido (y para no confundirlo con otro amigo, Oriol, con quien comparte nombre). Muchos años atrás, solía ir a su casa al mediodía. Sus padres estaban fuera, trabajando. Comíamos, veíamos la tele, escuchábamos música y, por supuesto, echábamos unos tiros en la canasta del patio. Quizás por todas esas cosas será que ahora, aquello que me hace recordarlo, sea la música. La música soul americana de los '50 y '60 que a ambos, siempre nos gustó.
Mucho antes de saber que crying era llanto, que heart era corazón o que good bye quería realmente decir, no te vayas, quedé atrapado por la belleza de esas voces, por la sensualidad de aquellas melodías, por el mágico equilibrio entre la melancolía que lloraban y la alegría con la que nos la cantaban. El desgarro del blues, su brusco escepticismo , eran todavía demasiado oscuros. El ritmo sofisticado del jazz demasiado complejo. El rock demasiado acelerado, demasiado ruidoso. La carnalidad del funk, demasiado explícita, demasiado segura de sí misma, para un niño tímido, para un adolescente acomplejado y sensible, que siempre encontraba auxilio, en la luminosidad de aquellas canciones, en la claridad de aquellos sonidos.
Quizás ya no sea posible escuchar Stay by me y fantasear con el amor de una compañera de clase. Tal vez uno ya no anhele ir con sus amigos a la playa, mientras suena Wonderful world. Ni piense ya que All I could do sea cry, cuando las cosas no vayan bien. Y seguramente, mi salud mental lo agradezca. Sin embargo, de vez en cuando, todavía resuena un eco y el aire se tiñe de una atmósfera de sensual inocencia, cuando, por casualidad, vuelvo a encontrarme con aquellas voces, con aquellos ámbitos de sensaciones, que siguen viviendo en mí y que me siguen alimentando.
Dylan no renegó de Woody Guthrie, aunque supo que debía ir más allá de sus pasos. Sin haber sido un minúsculo brote, ninguna secuoya puede convertirse en la más alta lanza hacia el cielo. Así, para llegar a ser quien uno es, debe aprender a ser quien siempre fue. Debe aprender a despojarse de aquello que lo retuvo. Pero también, a no olvidar aquello que lo elevó. Aquello que le insinuó, que en su interior, cabían infinitos mundos. No renuncio al sabor esta música. Al color de sus melodías. Al agua clara de su fuente. A sus dulces frutos de eterna primavera. A la vida que sigue prometiéndonos descubrir.

jueves, 18 de marzo de 2010

Ónfalos







Recuerdo que llegué tarde a la parada de autobuses. El primero de la mañana acababa de salir. El siguiente tardaría algo más de tres horas. Ya no tenía prisa. Sopesé qué hacer durante ese rato. Nada en los alrededores me parecía lo bastante interesante, así que tomé un largo desayuno en una cafetería cercana.
A media mañana subí al autocar que, esta vez sí, me llevaría a mi destino. Mientras abandonábamos la ciudad, rumbo al noreste, Atenas se disgregaba en una conurbación cada vez más difusa. Dando paso, casi sin darse cuenta, a agrestes colinas y campos de olivos, sumidos en el ansioso letargo de la canícula estival.

A mitad de camino, paramos en un bar solitario. Al poner el pie en el suelo, el sol nos recibía con su seco y áspero saludo. Varios de los pasajeros, siguieron al chofer hacia el consuelo de la barra. Otros, nos quedamos vagando entre el porche y la escasa sombra del vehículo. No era aquél un autocar de turistas. Sin embargo, llevaba consigo curiosos viajeros. Me viene a la memoria una extraña pareja. Él, un hombre mayor y menudo, con su traje gastado y las muñecas ennegrecidas de su camisa. Ella, envuelta en un alo de belleza eslava, en sutil decadencia. Al poco reanudaríamos la marcha. Más allá, se insinuaban ya las laderas, entre las que se escondía el objeto de mi secreta peregrinación. Delfos, el Oráculo.

Para llegar hasta allí, aún debíamos atravesar la región de Beocia. Los dominios de la antigua Tebas, de la que hoy apenas quedan rastros. La Tebas actual, poco tiene que ver con aquélla. Tras la derrota persa en Platea de 479 a. C., Tebas se disputaría la hegemonía con Atenas y Esparta. Continuas luchas fratricidas acabarían por debilitar a las polis helenas. Cayendo así, bajo el dominio de Filipo, Rey de los Macedonios. Y de Alejandro, su hijo. Quien mandaría destruir la antigua polis beocia. Tan sólo permitió que quedaran en pie algunos templos y la casa de su admirado Píndaro, el poeta.
En las lomas del Monte Parnaso, Delfos había sido un centro religioso y económico, de sello casi incomparable en todo el Hélade. A sus pies, el macizo se abre dando paso a la Bahía de Corinto y a su puerto natural, Itea. Aquella tarde la contemplaba, desde la terraza de una cafetería estratégicamente situada para atraer al visitante. Había pasado todo el día recorriendo el antiguo recinto sagrado. Había rendido mis respetos a un lugar al que siempre había deseado ir. Lo había disfrutado. En aquel momento, desde aquel balcón, bajo el que el sol resbala, llevándose consigo la luz hacia un mar oscuro, me sentí agradecido por estar allí. Y me dejé llevar por las sensaciones que en mí palpitaban. No en vano es el hogar de las Ninfas.

Regresaría a Atenas, ya de noche. Al día siguiente dejaba la ciudad. Cogería un barco, rumbo a Creta. Rumbo a la Taberna de Manos. (Ver En la Taberna de Manos. Noviembre 2009).

No Direction Home






Josep Pla afirmaba ser un escriptor sense imaginació. Yo siento algo parecido cuando escribo. No parezco buscar la manera de dar vida a mundos nuevos, sino que, una y otra vez, ahondo en la misma capa de mis recuerdos, en busca de los mismos fantasmas. Unos fantasmas, que nunca andan muy lejos y a los que de un modo u otro, al escribir, acabo siempre por tender una mano, por abrirles paso, para bailar con ellos nuestra eterna canción.

Quizás así, aireándolos, sea una manera de restarles fuerza, de cansarlos, para que cuando vuelvan a su oscura cueva, no tengan ganas de seguir llamándome. Al menos, por un tiempo. No lo sé. Lo que sí sé, es que no son novelas lo que escribo. Ni siquiera relatos. Son sólo retazos.

No me gusta el arte contemporáneo, tal vez simplemente no lo entienda. Pero, desde luego, me siento un inconfundible individuo de mi tiempo. Difuso, impaciente, insatisfecho. Las flaquezas de nuestros días, parecen haberse dado cita obligada en mí. Víctima de mil estímulos que no llegan a materializare. De mil anhelos que no hacen sino agobiarme, como una hormiga alejada de su madriguera, vago buscando, en vano, refugio a la confusión. Debe ser que, en un despiste, algún duendecillo espabilado tiró del bolso de mi alma, robándome una parte de su fuerza y dejando entera, su flaqueza. Maldita sea su estampa, ya podría haberme robado algo angustia y haber dejado más esperanza.

Bob Dylan se pregunta que How does it feel, to be in your own, like a rolling stone. Debía de ser retórica, la pregunta, o al menos eso espero. Quiero creer que no soy el único, al que el mundo le parece una autopista de mil carriles, sin salidas. En la que, para colmo, los camiones adelantan por la derecha. Y en la que, por mucho que corras, por muy lento que vayas, pareces estar dando siempre la mima vuelta.

En fin, no sé qué se supone que debería hacer. Pero ya estoy jarto de tener que suponer que hay algo que debería haber hecho. Y estoy harto de bailar siempre con la más fea. Perdón, pero, que se mueran los feos!

miércoles, 17 de marzo de 2010

The Moon Palace





Yo nunca había oído hablar de aquel libro, ni siquiera conocía a aquel escritor. Tan sólo paseaba entre los estantes de una librería, en la sección de bolsillo, cuando di con él. Me gustó la ilustración de su portada, una gran luna coronando la fachada de un viejo teatro a medio derruir. En ese momento, no supe por qué me gustaba, ni siquiera lo pensé. Se titulaba, El Palacio de La Luna.

Los libros vienen a ti. No importa que los busques o que no. Los que tienen aparecer, simplemente aparecen. Cada libro tiene su momento, porque cada libro responde a un momento de tu vida, con el que se comunica. Como si esperara entre las sombras, listo para saltar entre tus manos. Los libros que tienes que leer no los escoges, ellos te encuentran. Es sólo cuestión de tiempo.

Recuerdo aquella época como un constante vagar por las calles, en busca de una realidad que no estaba allí. Recuerdo los libros, como los espacios en los que experimentar realidades no vividas, pero deseadas. En los que expandir los límites de una conciencia confusa y extraña, pero que anhelaba ir más allá de sí misma. Sin duda, las lecturas, son los recuerdos de satisfacción más duradera de aquellos años. Tal vez, ahora, afirmarlo resulte vago, casi ridículo. Pero, sin duda, así fue. Sólo en los libros, creía hallar el espacio para confiar en las capacidades de mi propia mente, en los pensamientos, como vía para construir la realidad de un mundo, que a duras penas entendía. Y compartirlo. Aún como un espectador que contempla una obra desde la oscuridad, leer era como conversar con alguien que estaba en tu mismo barco. Leer era como liberar la mente de las limitaciones, propias y ajenas, y hacerla más lúcida, más clara, más segura, más confiada, más feliz. Leer era vivir mejor, era ser mejor.

Afortunadamente todo aquello pasó. Muchas de aquellas lecturas desesperadas, los títulos y las palabras de la mayoría, quedaron en el olvido. Simplemente tuvieron su momento, y no volverán. Sin embargo, las vivencias de algunas me han seguido acompañando. Como hitos secretos del aprendizaje y la experiencia. Ése es el caso del Palacio de La Luna. La historia de Marco Fogg. Su testimonio, cual hito de superación frente a los avatares de la propia iniciación, generó un influjo mágico en mí. Como si a través de las peripecias que lo arrastraban más allá de sus limitaciones, parecieran poder ser exorcizadas mis propias carencias, mis propios temores, mis propias dudas, mis propios miedos, mi propia vida. Su aventura fue la mía. Su victoria fue la mía. Mía fue su redención.

La vida no es tan fácil. Por mayor talento que tenga un escritor. Por mayor verdad que contengan sus palabras. La vida vivida fuera de los libros, siempre será más difícil, más compleja, más ambigua. Sin embargo, desde entonces yo no puedo dejar de considerar las palabras de Paul Auster, como las palabras de un viejo amigo. De un viejo amigo con el que, de vez en cuando me gusta volver a conversar. Y del que sé, que a pesar de la distancia y el paso del tiempo, siempre puedo acudir para explicarle mis cosas y escuchar sus historias.

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